Hoy quiero andar conmigo

Es que la soledad tiene sus bemoles y sostenidos. A veces uno elige estar solo, y otras veces la soledad te elige a ti. Algunos la han calificado como “la peste de nuestro siglo”. Muchas veces estando acompañados nos sentimos más solos. Lo cierto es que cuando uno decide disfrutarla es casi seguro que la extrañarás cuando no esté.   

Yo hoy quiero andar conmigo, quiero sacarme a pasear y comprarme un regalo que lo pueda disfrutar sola. Quiero prepararme un almuerzo, acompañarlo con Aldemaro Romero y una vela de vainilla. Quizás llevarme a la peluquería, arreglarme los pies, consentirme un ratico. Brindarme un refresco y conversar largamente sobre mis proyectos.

Hoy quiero sacarme al cine, a ver una película, y luego tomarme un vino en una barra sola, y sin ser tildada de “caza hombres” o de “puta”, porque me quiero sentar en una barra conmigo, y brindarme un trago para brindar con mi soledad, conversar con mis fantasmas y negociar sus forzosas apariciones.

Esta noche me provoca vestirme de seda negra, disfrutarme y regalarme una sonrisa y un beso en el espejo, dejarme seducir por el sueño y entregarme a Morfeo con la luna vigilando mi ventana.

Y es que hoy, solo me provoca andar conmigo.

Ya sabes…

Ponerme unas sandalias después de un año. Ponerme una sonrisa. La tuya. Y que le quede bien a mis días. Ponerme las pilas. La ilusión. La sensibiliidad. Ponérmela y no quitármela ni por casualidad. Ponerme una oportunidad cuando te siento pasar . Ponerme los miedos del revés para que ya no puedan ser. Ponerme las cosquillas más arriba, justo ahí, en los ojos para cuando tú me miras. Ponerme una lluvia para dormir. Y un pintalabios rojo porque sí. Ponerme un sí antes que un no. O incluso un tal vez. Ponerme de parte de los que empiezan a pesar. Ponerme en medio de tu rutina. De tus planes. De tu presente. Ponerme incluso delante de mis ganas de verte. Ponerme un abrazo y quedarme descalza para cruzar nuestras madrugadas. Ponerme de buen humor al despertar por la mañana. Ponerme tus caricias en las heridas. Ponerme de acuerdo o no. Que lo decidan tus besos. Pero que la vida es eso. Ponerme en el corazón. Ya sabes, no dejemos de REIR

Quizás

Cuando la vida no me aportaba demasiado, apareciste tú, lanzaste tu anzuelo y llenaste mi vida de sueños e ilusiones.

Compartimos muchas cosas: conversaciones hasta las tantas de la madrugada, magia, deseo, penas, problemas, días de lluvia, la dirección en que se empezaba a mover todo, las motivaciones para seguir paso a paso, melancolía, emociones, la sangre que de nuevo empezaba a recorrer nuestras venas…

Lo poco que duró todo, y hoy estoy derrotada, sin fuerzas de nada. Los caprichos del destino han hecho que me quedara atrapada en un laberinto en el que intento sobrevivir, a medida que intento olvidarte. Pero no puedo, todo me recuerda a ti.

Discurren los días, pasan las horas, el tiempo encorva mis brazos, y el resto se traduce en letras y silencios.

Quizás podría hacer algo para remediarlo, quizás mi deseo y mi esperanza de volver a tenerte son mayores que la propia realidad y quizá va siendo hora de tirar al fuego todos los quizás.

El llanto y la lluvia

La lluvia por fin hizo su esperada aparición. Se dejaba caer mansamente sobre las ardientes aceras, sobre la reseca y anhelante tierra que absorbía cada gota con avidez y deseosa. Tras el ventanal de la pequeña cafetería dos rostros contemplaban la hermosa y fragante unión entre agua y tierra. Él, apoyado como con descuido en la barra, con una mueca de disgusto en la curtida cara mientras bebía lentamente del vaso que sujetaba entre sus manos. Ella, al otro lado del mostrador, secando vasos con monotonía, con una suave sonrisa colgada entre sus labios.

– Odio la lluvia – murmuró él sin dejar de mirar a través del cristal

– Yo la adoro. Ojalá pudiera estar ahí fuera empapándome- confesó la chica

– No hablas en serio…- replicó el hombre dejando de mirar la lluvia y clavando en ella sus ojos azules. Ella amplió su sonrisa y asintió con la cabeza para luego encogerse de hombros. Él la contempló durante unos segundos en silencio y suspiró diciendo:

– Supongo que yo a tu edad también la adoraba pero ahora…

– Pero ahora…- repitió ella tras unos instante de silencio, invitándolo a seguir. El hombre volvió a mirar por el cristal y ella supo que no estaba viendo la lluvia, ni esa calle, supo que sus ojos estaban viendo algo que se encontraba muy lejos de allí, seguramente algo que estaba sumergido en una tormenta de recuerdos. Ella se mantuvo en silencio, esperando por si él se decidía a continuar hablando. Y así lo hizo, con voz lenta y suave

– Ahora, no me preguntes porque, cuando veo llover me parece estar viendo a alguien llorar. La lluvia me recuerda a ese llanto inexplicable e imparable de alguien a quien quieres. Por mucho que lo intentes no puedes hacer que cese, solo puedes estar ahí mirando mientras la impotencia de saber que no puedes hacer nada para calmar ese llanto humedece también tus ojos…No me gusta ver llover –

El hombre volvió a guardar silencio sin dejar de mirar ni un instante por el cristal. La chica también parecía contemplar a través del ventanal como la lluvia lo empapaba todo. Pero sus ojos miraban sin ver. Ella se encontraba lejos, en una terraza con vistas al Mediterráneo. Veía una mesa deliciosamente preparada, sentía el leve calor que desprendían unas largas velas, olía el incienso llenando el aire, acariciaba con la punta de los dedos los coloridos pañuelos que adornaban las blancas paredes y veía, en vez de lluvia, lágrimas surcando un conocido y querido rostro. Sonrió a los recuerdos y fue su voz la que rompió el silencio

– Tiene usted razón. No es fácil ver llorar pero creo que, al menos para algunos, es más difícil llorar ante alguien. Supongo que es por temor a mostrarnos vulnerables, por eso un llanto también indica confianza. Y ¿sabe?, lo peor, lo que de verdad hace que te quedes muda de impotencia, lo que hace que algo en el pecho se te pare, no es no poder parar ese llanto. No. Es no poder parar o cambiar los motivos que provocan esas lágrimas. Eso si duele. No que la persona llore ante ti.

El silencio volvió a reinar. Ambos se miraron y compartieron una mueca que intentaba ser una sonrisa. El hombre apuró su consumición, dejo unas monedas sobre el mostrador y ya saliendo por la puerta se giró a decirle

– Ojalá nunca más veas a esa persona llorar ante ti –

Ella le siguió con la mirada hasta que le vio perderse entre la lluvia

– No, ojalá nunca más tenga motivos para llorar ante nadie- susurró volviendo a su tarea de secar vasos

P.D. : Aquel día no dolió tu llanto, dolió el no saber que hacer para aliviarlo

 

Encontrarnos

Encontrarnos y ser lo mejor que nos ha pasado. De cualquier manera, pero como una llave con su puerta. Un perfume con su recuerdo. Una brújula con su norte. Una noche en vela con su amanecer. Como un érase con su vez. Como unas olas con su orilla. Una falda con su vuelo. Como una caricia, la tuya, con su escalofrío,  el mío. Como un niño con su sonrisa. Encontrarnos como una oportunidad con su ilusión.  Como una sombra con su cuerpo. Una imagen con su reflejo. Un té con su quiero, que no se tienen miedo. Encontrarnos como una pregunta con su respuesta. Porque podrían haber muchas, pero solo hay una que es la más cierta. Como un qué quieres en la vida y después, todos y cada uno de esos días.  O un me has echado de menos y su no he dejado de hacerlo. O incluso, dónde estabas antes de nosotros y su, imaginando que nos cruzábamos y ya no podíamos separarnos.

En fin. Eso deberíamos. Encontarnos y ser lo mejor. Lo mejor que nos ha pasado. 

Me distraigo

Me distraigo con cualquier cosa por miedo a pensar. Me toco el pelo, me añoro en ocasiones cuando pienso que me pierdo. Me emociono con las cosas, con las palabras, con los detalles. Me abrazo a la euforia contenida, como el que quiere compartir una buena noticia con alguien que ya no está. A veces me siento en estado latente, hirviendo por dentro, como un Vesubio o un Etna. Observando con calma cada pequeño cambio, cada pequeño gesto, así, sosegada, con las ganas guardadas, el fuego interno, que puede que estalle por los aires en cualquier momento. Mi cabeza nunca descansa, siempre hay nuevas ilusiones, algunas más viables que otras, y yo me lanzo hacia las oportunidades como el que se lanza al mar al ver el barco en llamas. No importa cual sea el precio, el valor no tiene medida, ni cuenta, ni número. Las ideas están o no están, los medios, a veces escasos. Pero, ¿y si no lo haces? ¿Por qué no hacerlo? Prometí hace mucho tiempo que no dudaría ante los nuevos acontecimientos, que la vida es el ahora, que el mañana es demasiado incierto, que la experiencia es un grado y errar puede ser demasiado duro a veces pero que no intentarlo es el peor peso que nadie puede llevar a sus espaldas, que no hay peor sentimiento que aquel que está frustrado. Que es bonito tener sueños, pero antes de todos ellos, seguro que te encuentras muchas cosas más por el camino y todas ellas quizás te hagan cambiar de sentido unas cuantas veces. Itaca no es la meta, la meta es la vida. Simplemente procuraré que mi viaje sea largo, muy largo. Tanto que me sea imposible enumerar todas las historias que puedan caber. Me distraigo. Y el volcán sigue latente.

Deseos de Año Nuevo

Ahora que todos volvemos cargados de buenas intenciones, de buenos propósitos. Ahora que esto parece más bien un regalo de año nuevo que estar a mitad de temporada, me encantaría escribirte una carta. Como tantas veces hago, al viento, a la noche. Con dígitos, con palabras que seguramente solo personas como tú saben acoger, distinguir y hacer suyas.

Me alegra saberte. Saberte presente. Me alegra escribirte notas, como las postales, desde el cielo.

Yo también vengo cargada de buenos propósitos . Y lo que es más, me encantaría hacerte participe y que de verdad construyéramos una nueva vida. No me refiero solo a esto del blog. Me refiero a este percance de vivir.

¿Qué que te deseo? Para ti y para todos y cada uno de nosotros que algún día, en ninguna playa del mundo existan guerras. Que se nos aparezca cualquier Neptuno jugando con las caracolas. Que las sirenas se conviertan en amigas de marineros de tierra a dentro. Que tengas al menos una piedrita de esas de colores en tu armario. Que no sientas desesperos,  ni impaciencias, ni miedos. Que un buen día, así, de buenas a primeras, la melancolía vuelva a tener ese sabor indeleble a puesta de sol y amaneceres. Pero sin que salpiquen las violencias.

Te deseo que llenes el baúl de los sueños que se cumplen. Ya sé que lo tienes repleto. Pero que te atrevas a pedir el derecho a soñar. Que no tires la toalla. Que exista pan, no solo para ti, sino también para ese vecino al que tenemos olvidado. Que todos los niños de este planeta tengan acceso a la lectura, y a los versos. Que los versos se conviertan en las únicas pintadas que encontremos en los diarios y en las calles. Que no necesitemos drogas. Que el sexo, los besos, el amor, sean la droga más fuerte y más poderosa.

Te deseo que te disparen guiños cómplices. Y que la peña se canse de disparar fusiles. Te deseo que se nos contagie el amor en vez de tanta enfermedad maligna. Se nos contagie un poquito de amor del bueno. Ese que podemos encontrar en la esquina, en la calle pero que luego no encontramos nunca.

Ojala nunca más tenga que escribirte post como este, porque será señal inequívoca de que algo de eso de bueno que te deseo te ocurra en este presente curso se habrá realizado, ¿verdad?

25 de noviembre

Quedé con mi amiga a tomar café. Antes quedábamos a menudo ¿sabes?, pero un día de julio se casó y, claro, las cosas cambiaron. Tenía que atender su casa, a su flamante marido, su trabajo…Aún así al menos una vez a la semana encontraba un hueco libre para tomar ese café conmigo. Se le veía tan feliz….Una día me llamo excusándose, no podía acudir a nuestra cita, a nuestra semanal charla. Yo lo entendí por supuesto. La vida de casada tiene tantas obligaciones que no pude menos que decirle que no se preocupara, que ya quedaríamos. Fue así como ese café semanal pasó a ser quincenal. Yo, por aquel entonces, la notaba rara. Había dejado de lado su habitual alegría, su conocida sonrisa, para tener, casi siempre, el rostro triste y apagado. Yo, sin decirle nada, pensé que estaba trabajando demasiado. Las charlas de interminables horas pasaron a ser breves encuentros. Recuerdo aquel café de mediados de julio.. Recuerdo que me reí al verla llegar con una camisa de manga larga cubriendo sus morenos brazos. Su respuesta a mi risa fue solo un leve asomo de sonrisa en sus labios y me dijo que seguramente estaba rondándola una gripe veraniega pues siempre tenía frío y que por eso se abrigaba aún con el sol besando el asfalto. En aquella ocasión, ante aquel café, ella apenas habló, yo llevé toda la conversación contándole donde pasaría mis vacaciones. Cuando le pregunte donde iría ella, tuve que esforzarme para oír ese susurro que salió de su boca diciéndome que irían donde dijera su marido, que él entendía más de esas cosas. Recuerdo que me pasó por la cabeza que igual tenían problemas de dinero y que por eso ella se mostraba tan poco ilusionada con viajar. ¿Que otra cosa podía ser? Esa tarde, cuando estiró el brazo para coger su bolso, la manga de su camisa se subió. Dejando a mi vista un pequeño moratón. Me descubrió mirándoselo y me dijo que se había golpeado con un mueble, que ya sabía yo lo torpe que había sido siempre. Si claro, yo lo sabía…supongo, porque no lo recordaba la verdad. No quedamos hasta tres semanas después. Esperé durante casi una hora pero no se presentó. Me enfadé mucho, pero aún así la llamé a los dos días para pedirle una explicación. Me dijo que había estado en cama, enferma y que se le había olvidado llamarme. Que ya sabía que su memoria no era muy buena. ¿Ah no? vaya eso también lo olvidé. Por esos días fue cuando me llegaron los rumores de que su marido le pegaba. No me lo creí. ¿A ella? Eso era imposible. A mi amiga no le pueden pasar esas cosas. A la semana siguiente quedamos para otro café y no sé que me sorprendió más, si el que no se quitara las gafas de sol o el verla tan delgada y que su voz, las pocas veces que habló, me sonara tan vacía. Me asusté mucho y se lo dije. Respondió que no se había curado bien la gripe, que había cogido un virus muy fuerte, que….Yo me esforcé por no mirar los moratones que se adivinaban bajo sus oscuras gafas. Nos despedimos con la promesa de vernos la semana siguiente. Durante el trayecto a mi casa pensé que los rumores de maltrato parecían ciertos. Aquellos moratones en su cara..Pero no, ¿ella? imposible, es lista, guapa, trabaja. Eso no le puede pasar a ella. Eso le pasa a otro tipo de mujeres. La mañana del día que había quedado con ella a tomar café me llamó su madre. Mi amiga había muerto. Esa mañana se retrasó al hacerle el desayuno a su marido y él la pego hasta matarla. Él es su asesino y yo su cómplice. Yo y mi silencio, yo y mi negativa a ver lo evidente. Yo y el negarme a creer que los maltratos nos pueden afectar a todas. A mí, a ti, a tu madre, a tu hermana, a tu hija….a mi amiga. Me declaro culpable de quedarme callada, de no hacer nada. Perdóname. Y tú que me lees, acéptame un consejo, no seas cómplice. Denuncia, grita, lo que sea, pero haz algo.

La Bella Durmiente

Imaginaos que, por algún momento, tuviésemos una cámara oculta en casa y, claro está, nosotros no lo supiéramos…

A mi me encantaría ver a estas chicas supermegafashion….que son supermegaetc hasta para dormir…

“Verás, yo es que no puedo dormir con ropa…me agobia muchisisisisisismo….”, dicen, con una voz que me recuerda a la mismísima Betty Boop

Yo me imagino al pobre muchacho que la escucha…cayéndole los goterones de sudor por la frente…pensando en aquella chica…desnuda en la cama…así, tal y como ella insinúa (por favor, ruego a los que se estén emocionando a estas alturas del relato, que se concentren, que somos ya mayorcitos….¿estamos a lo que estamos?….sigo)

pues eso…se la imagina allí tumbada, con el pelo estratégicamente colocado en la almohada, con una mano descansando al lado de su cara, respirando acompasadamente, con el aroma suave de Issey Miyake…los más vehementes incluso la escuchan susurrar: …
“!Ven potro mío ven!”…pero eso ya es cosecha propia…allá cada uno con su imaginación…

!!!!!!!!”AMOS” HOMBRE!!!!!!

Si tuviera una de esas cámaras podría demostrar lo que vengo repitiendo hace tanto.

La super-mega-fashion-quetecagas se lava la cara antes de acostarse, se recoge el pelo en un moño, se enfunda el pijama de franela (con estampado de estrellitas incluído), se pone los calcetines (hay dos versiones, los del dibujo de las raquetas cruzadas al tobillo o los de las rayas azules y rojas….cualquiera de los dos me sirve). Se mete en la cama, se tapa hasta las orejas (!Si Señor!, las super-hiper-mega-cósmica no solo tiene oídos, sino también orejas), se pone boca abajo, encogiéndose hasta que las rodillas le llegan a la barbilla…mete las manos debajo de la almohada…y después como a toda hija/o de vecina/o le viene el tema este de la salivilla, ronquidos, espasmos (sí, espasmos..eso que nos pasa a todos cuando soñamos que nos caemos de algún sitio…).

Que aquí, como le dije hace muy poco a un amigo, la que más y la que menos, se levanta rascándose la cabeza con una mano y la barriga con la otra…
Y es que a este tipo de mujeres, hay que desmitificarlas, que luego llegamos las del montón, que reconocemos dar gritos en la cama tipo: ¡¡¡¡¡¡Uy, que frío!!!!!, ¡¡¡¡Uy, que frío!!!!!, ¡¡¡¡Uy, que frío!!!!!…y pasa lo que pasa
 

Viajeros de papel

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Decían los antiguos que cada libro tiene su destino, al igual que cada persona el suyo. Y debe ser verdad porque nunca hay dos iguales. Cuando nacen, todos se parecen, pero al poco rato empiezan a acumular en su piel las experiencias: quien los toma entre sus manos deja su huella y su recuerdo, les causa arrugas y, a veces, heridas que otro vendará con cinta adhesiva. Hay libros con los que sólo se puede ir a la playa, a otros únicamente se recurre en los momentos tristes – todos tenemos amigos así – y de algunos no nos queremos separar nunca o los elegimos como compañeros de viaje. Pero hay que tratarlos bien, porque los libros se cambian de dueño cuando se cansan, o simplemente por espíritu aventurero. O quizás porque creen que tienen algo importante que hacer en otra parte. Yo recuerdo algún libro mío que se fue para un par de días – ahora vuelvo, no te preocupes – y que nunca más apareció. Me consuelo entonces pensando que quien lo encontrara, varias manos más tarde, le habrá dado un lugar privilegiado en su estantería y lo tenga en estima, como yo tengo a otros que un día se colaron, vagabundos, en mi biblioteca para encontrar un hogar.

Claro que a veces da rabia que se te vayan precisamente los libros que más echarás de menos después, pero al igual que uno siempre presenta primero a los amigos que más quiere, así intento yo que hagan amistad mis libros más preciados con las personas que amo. Alguno hay que se te va con la firma del autor incluido, un autor que quizás ya haya muerto, y entonces parece una pérdida mayor. Pero en realidad no importa: solicitar un autógrafo para un libro es como exigirle una carta de recomendación a alguien antes de invitarle a un café. Cuando lo que importa son los ratos que pasamos juntos a ellos, antes de que la vida, que es traicionera, nos vuelva a separar. Porque los libros, como las personas, no pueden ir en contra de su destino