Un rincón en la memoria

El cielo está despejado esta tarde de septiembre. Hace un poco de viento, que se hace presente en el rítmico balanceo del toldo de la terraza y en el baile sin ton ni son de los frágiles tallos del jazminero. En una ciudad con mar el levante siempre es sinónimo de oleaje, de espuma, de imágenes tenues y húmedas desdibujadas por unos ojos entreabiertos.
La historia que quiero contaros tiene que ver con el coraje, con la batalla al olvido, con la recuperación del recuerdo, con la justificación de una vida, pero será mejor que me deje de tonterías y os diga su verdadero nombre: Alzheimer.
Terrible y amarga palabra que esconde tras de si el dolor y el drama de una existencia consumida en vano porque te arranca la raíz, porque te amputa la certeza de quién eres, porque te bebe el alma y se emborracha y ni siquiera te vomita despojos en los que poder seguir o adivinar tu propio rastro.
Recuerdo los últimos años de mi abuelita sentada en una butaca, en silencio, como ida, mirando sin ver, oyendo sin escuchar.
Ya ves, ella que siempre había sido una mujer trabajadora, fuerte, alegre. Nunca fue la alegría de la huerta, pero vamos, lo normal. Y en ese momento parecía un vegetal. Apenas hablaba, no sabía quien era ni quién era yo. A veces creía que yo era su madre, otras su hija,…
Eso fue muy duro. Los sentimientos eran como lavas hirvientes, como sangre olorosa y fértil, como clavos suaves donde agarrarse para no caer. Eso no era vida. Era como estar muerta. Le enseñaba fotos de familiares y pasaba por ellas como si fueran extrañas. Había que hacerle todo. Darle de comer, acostarla, levantarla… No era como un bebé. Porque un bebé sonríe y ella apenas sonreía. Parecía como si no hubiéramos vivido esta vida, como si esta vida que yo recordaba con ella fuera de otros. Esa enfermedad me lo robó todo.

Lloré mucho,  lágrimas de impotencia , pero también de esperanza. Y aunque tú ya no estés, abuelita, ojalá se encuente la cura definitiva, mientras tanto, me aferraré a la ilusión de que no todo se ha perdido todavía.
Donde estés, te quiero abuelita.

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Recuerdos de mi infancia

Será porque los juguetes modernos no dejan lugar a la imaginación. Y ahora son los microcircuitos los que piensan los personajes de los dibujos animados, que ya vienen con los diálogos incluidos. Y cada muñeca que arrastra tras de si, un séquito de accesorios que comprar: coches, ropa, incluido novietes.

Pero, ¿sabes? los juegos que mejor recuerdo de mi niñez no eran obra de los inventores, si no producto de la mente de mi abuelita. Su imaginación fabricó un mundo que se extendía mucho más allá de los mil metros de aquel campo. “Vamos a recorrer la finca”, decía con su dulce voz, y así lo hacíamos. Deteniéndonos a escuchar la historia que cada planta, cada animalillo campestre y que cada piedra tenia que contar. Que poética manera de ver el mundo, ¿verdad?.

Una lagartija que tomaba el sol sobre una piedra, era por ejemplo, el héroe de un cuento de dragones. Una rana en una charca esperaba a que llegara su princesa, para así besarle y convertirle en un hermoso príncipe. Los hongos de forma quebrada que crecían en una rama, así caída, eran la escalinata de un hada, que conducía hasta un reino secreto y misterioso. Un sauce llorón te conducía a una noche estrellada en el azul de una bahía donde existían las sirenas y los hombres-pez. Un día me enseño que una margarita parecía tener cara y que una amapola roja era el vestido de noche de cualquier semilla. También me enseñó que nos podíamos convertir en seres de otro planeta pegando en nuestras caras las espinas de las rosas, y pegando en nuestras ropas las espigas.

Aquel jardín contenía un mundo imaginario paralelo al real. Y yo lo dividí en países, e invente complicados destinos para sus habitantes. La estrecha franja donde rara vez daba el sol, por ejemplo, para mi era Inglaterra. O más o menos, un país desconocido y lejano. El jardín delantero, donde ella tenía macizos de flores, desde geranios a hierbabuena, pues era otro país exótico por su colorido y su olor. El pastizal de atrás era por lo menos, por lo menos, Australia y allí se producían epopeyas de trágicas exploraciones. Y la parte que daba el sol, era sin ninguna duda, España, y desde allí partían todos los exploradores, la mayoría caracoles y algún que otro saltamontes.

Y, ¿sabes? en otoño, las hojas caídas se prestaban para que jugáramos a la tienda de sombreros . Una hoja grande y rojiza era una vistosa pamela. Y una pequeña de color sepia, una sofisticada boina. Las ramas caídas eran caballos, si la rama era gruesa y grande era un caballo de pura sangre. Y si era pequeña y fina era un pony.

No, no hacia falta gastar para jugar a estos juegos. Lo único que se necesitaba era la dedicación de aquella imaginación prodigiosa que tenía mi abuelita.

Decidí

Así, después de esperar tanto, un día como cualquier otro, decidí triunfar. Pero no te creas que triunfar para salir en las fotos, para que me persiguieran los paparazzi… no..decidí no esperar a las oportunidades, sino yo misma buscarlas. Decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar la solución. Decidí ver cada desierto, como la oportunidad de encontrar un oasis. Decidí ver cada noche, como un misterio a resolver. Decidí ver cada día, como una nueva oportunidad de ser feliz. Esto si que es un triunfo, ¿sabes? Aquel día descubrí que mi único rival, no eran más que mis propias debilidades. Y que en ellas, está la única y mejor forma de superarnos. Aquel día dejé de temer a perder a equivocarme, al fracaso, y empecé a temer a no ganar. Descubrí que no era yo la mejor, que seguramente, ni nunca lo fuí, ni nunca lo seré. Pero dejo de importarme quien ganara en esta infernal carrera. Ahora, sencilla y llanamente, lucho por ser mejor cada día, mejor persona, más completa , más de verdad. Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima, sino jamás dejar de subir. Aprendí que el mejor triunfo que puedo tener, es tener el derecho de llamar a alguien ” Amiga, amigo “. Aprendí que el amor es una filosofía de vida . Desde entonces sigo soñando, por levantarme cada mañana y seguir luchando. Sin grandes aspavientos, sin grandes metas. Y no espero, al contrario, voy a por ello ¿sabes? Sin pisar a nadie.

Una ciudad

-¿Te apetece un café en el“Moka?

-Vale, pero tú invitas.

Mientras sorbía aquel café que abrasaba, más por su escaso sabor que por su temperatura, escuchaba los comentarios y observaba como los demás clientes miraban completamente embobados un programa de televisión como si les fuera la vida en ello.

-Pedro ¡quita eso, por Dios!-, era lo único que se me ocurría decir en ese momento. Pero si lo hubiese dicho, las miradas se hubieran dirigido hacia mí y me hubiera sentido incómoda; nunca me gustó ser el centro de atención, aparte de que me hubieran callado de inmediato. Si hasta Pedro, el camarero, interrumpió sus quehaceres para ver el vomitivo espectáculo televisivo.

Así que seguí dándole vueltas a la cucharilla, sin hacer mucho ruido, ya que cualquier sonido distinto al que procedía de la televisión parecía enturbiar aquel “interesante” momento. De vez en cuando vigilaba la puerta, intentando huir de ese lugar, buscando una mirada que entendiera que no sigo la pauta de los aparentemente normales. Me puse a ojear el periódico, el cual recordaba que se cumplían siete meses de una barbarie, que Superman volaba más lejos que nunca, o que el equipo de mi ciudad iba de mal en peor.

Era un día más, con la misma monotonía de siempre, hasta que al mirar al frente pude ver algo que llamó mi atención. Eran billetes de lotería con el nombre de una ciudad, la misma que me había regalado tanto. Y junto a ella, una imagen que parecía mirarme con nostalgia. Aquella cafetería ya no parecía la misma, ni siquiera aquel café, que empezó a desprender sabor a momentos y compañías inolvidables.

-Hoy es mi día de suerte -pensé. Así que interrumpí la atención de Pedro para que me diera dos de ellos, y salí presurosa de aquel lugar.

Ya han pasado varios años de aquel día, y esos billetes siguen en mi poder guardados cual valioso tesoro en mi pequeño cofre de sueños. Quizá por miedo a que la magia que envuelve a esa ciudad pudiera desaparecer, porque tengo la certeza de que como alguien me dijo ese día, mi destino y mi fortuna están en esa ciudad. Una auténtica fortuna sin duda. Gracias.

 

Hoy quiero andar conmigo

Es que la soledad tiene sus bemoles y sostenidos. A veces uno elige estar solo, y otras veces la soledad te elige a ti. Algunos la han calificado como “la peste de nuestro siglo”. Muchas veces estando acompañados nos sentimos más solos. Lo cierto es que cuando uno decide disfrutarla es casi seguro que la extrañarás cuando no esté.   

Yo hoy quiero andar conmigo, quiero sacarme a pasear y comprarme un regalo que lo pueda disfrutar sola. Quiero prepararme un almuerzo, acompañarlo con Aldemaro Romero y una vela de vainilla. Quizás llevarme a la peluquería, arreglarme los pies, consentirme un ratico. Brindarme un refresco y conversar largamente sobre mis proyectos.

Hoy quiero sacarme al cine, a ver una película, y luego tomarme un vino en una barra sola, y sin ser tildada de “caza hombres” o de “puta”, porque me quiero sentar en una barra conmigo, y brindarme un trago para brindar con mi soledad, conversar con mis fantasmas y negociar sus forzosas apariciones.

Esta noche me provoca vestirme de seda negra, disfrutarme y regalarme una sonrisa y un beso en el espejo, dejarme seducir por el sueño y entregarme a Morfeo con la luna vigilando mi ventana.

Y es que hoy, solo me provoca andar conmigo.

Ya sabes…

Ponerme unas sandalias después de un año. Ponerme una sonrisa. La tuya. Y que le quede bien a mis días. Ponerme las pilas. La ilusión. La sensibiliidad. Ponérmela y no quitármela ni por casualidad. Ponerme una oportunidad cuando te siento pasar . Ponerme los miedos del revés para que ya no puedan ser. Ponerme las cosquillas más arriba, justo ahí, en los ojos para cuando tú me miras. Ponerme una lluvia para dormir. Y un pintalabios rojo porque sí. Ponerme un sí antes que un no. O incluso un tal vez. Ponerme de parte de los que empiezan a pesar. Ponerme en medio de tu rutina. De tus planes. De tu presente. Ponerme incluso delante de mis ganas de verte. Ponerme un abrazo y quedarme descalza para cruzar nuestras madrugadas. Ponerme de buen humor al despertar por la mañana. Ponerme tus caricias en las heridas. Ponerme de acuerdo o no. Que lo decidan tus besos. Pero que la vida es eso. Ponerme en el corazón. Ya sabes, no dejemos de REIR

Quizás

Cuando la vida no me aportaba demasiado, apareciste tú, lanzaste tu anzuelo y llenaste mi vida de sueños e ilusiones.

Compartimos muchas cosas: conversaciones hasta las tantas de la madrugada, magia, deseo, penas, problemas, días de lluvia, la dirección en que se empezaba a mover todo, las motivaciones para seguir paso a paso, melancolía, emociones, la sangre que de nuevo empezaba a recorrer nuestras venas…

Lo poco que duró todo, y hoy estoy derrotada, sin fuerzas de nada. Los caprichos del destino han hecho que me quedara atrapada en un laberinto en el que intento sobrevivir, a medida que intento olvidarte. Pero no puedo, todo me recuerda a ti.

Discurren los días, pasan las horas, el tiempo encorva mis brazos, y el resto se traduce en letras y silencios.

Quizás podría hacer algo para remediarlo, quizás mi deseo y mi esperanza de volver a tenerte son mayores que la propia realidad y quizá va siendo hora de tirar al fuego todos los quizás.

El llanto y la lluvia

La lluvia por fin hizo su esperada aparición. Se dejaba caer mansamente sobre las ardientes aceras, sobre la reseca y anhelante tierra que absorbía cada gota con avidez y deseosa. Tras el ventanal de la pequeña cafetería dos rostros contemplaban la hermosa y fragante unión entre agua y tierra. Él, apoyado como con descuido en la barra, con una mueca de disgusto en la curtida cara mientras bebía lentamente del vaso que sujetaba entre sus manos. Ella, al otro lado del mostrador, secando vasos con monotonía, con una suave sonrisa colgada entre sus labios.

– Odio la lluvia – murmuró él sin dejar de mirar a través del cristal

– Yo la adoro. Ojalá pudiera estar ahí fuera empapándome- confesó la chica

– No hablas en serio…- replicó el hombre dejando de mirar la lluvia y clavando en ella sus ojos azules. Ella amplió su sonrisa y asintió con la cabeza para luego encogerse de hombros. Él la contempló durante unos segundos en silencio y suspiró diciendo:

– Supongo que yo a tu edad también la adoraba pero ahora…

– Pero ahora…- repitió ella tras unos instante de silencio, invitándolo a seguir. El hombre volvió a mirar por el cristal y ella supo que no estaba viendo la lluvia, ni esa calle, supo que sus ojos estaban viendo algo que se encontraba muy lejos de allí, seguramente algo que estaba sumergido en una tormenta de recuerdos. Ella se mantuvo en silencio, esperando por si él se decidía a continuar hablando. Y así lo hizo, con voz lenta y suave

– Ahora, no me preguntes porque, cuando veo llover me parece estar viendo a alguien llorar. La lluvia me recuerda a ese llanto inexplicable e imparable de alguien a quien quieres. Por mucho que lo intentes no puedes hacer que cese, solo puedes estar ahí mirando mientras la impotencia de saber que no puedes hacer nada para calmar ese llanto humedece también tus ojos…No me gusta ver llover –

El hombre volvió a guardar silencio sin dejar de mirar ni un instante por el cristal. La chica también parecía contemplar a través del ventanal como la lluvia lo empapaba todo. Pero sus ojos miraban sin ver. Ella se encontraba lejos, en una terraza con vistas al Mediterráneo. Veía una mesa deliciosamente preparada, sentía el leve calor que desprendían unas largas velas, olía el incienso llenando el aire, acariciaba con la punta de los dedos los coloridos pañuelos que adornaban las blancas paredes y veía, en vez de lluvia, lágrimas surcando un conocido y querido rostro. Sonrió a los recuerdos y fue su voz la que rompió el silencio

– Tiene usted razón. No es fácil ver llorar pero creo que, al menos para algunos, es más difícil llorar ante alguien. Supongo que es por temor a mostrarnos vulnerables, por eso un llanto también indica confianza. Y ¿sabe?, lo peor, lo que de verdad hace que te quedes muda de impotencia, lo que hace que algo en el pecho se te pare, no es no poder parar ese llanto. No. Es no poder parar o cambiar los motivos que provocan esas lágrimas. Eso si duele. No que la persona llore ante ti.

El silencio volvió a reinar. Ambos se miraron y compartieron una mueca que intentaba ser una sonrisa. El hombre apuró su consumición, dejo unas monedas sobre el mostrador y ya saliendo por la puerta se giró a decirle

– Ojalá nunca más veas a esa persona llorar ante ti –

Ella le siguió con la mirada hasta que le vio perderse entre la lluvia

– No, ojalá nunca más tenga motivos para llorar ante nadie- susurró volviendo a su tarea de secar vasos

P.D. : Aquel día no dolió tu llanto, dolió el no saber que hacer para aliviarlo

 

Encontrarnos

Encontrarnos y ser lo mejor que nos ha pasado. De cualquier manera, pero como una llave con su puerta. Un perfume con su recuerdo. Una brújula con su norte. Una noche en vela con su amanecer. Como un érase con su vez. Como unas olas con su orilla. Una falda con su vuelo. Como una caricia, la tuya, con su escalofrío,  el mío. Como un niño con su sonrisa. Encontrarnos como una oportunidad con su ilusión.  Como una sombra con su cuerpo. Una imagen con su reflejo. Un té con su quiero, que no se tienen miedo. Encontrarnos como una pregunta con su respuesta. Porque podrían haber muchas, pero solo hay una que es la más cierta. Como un qué quieres en la vida y después, todos y cada uno de esos días.  O un me has echado de menos y su no he dejado de hacerlo. O incluso, dónde estabas antes de nosotros y su, imaginando que nos cruzábamos y ya no podíamos separarnos.

En fin. Eso deberíamos. Encontarnos y ser lo mejor. Lo mejor que nos ha pasado. 

Me distraigo

Me distraigo con cualquier cosa por miedo a pensar. Me toco el pelo, me añoro en ocasiones cuando pienso que me pierdo. Me emociono con las cosas, con las palabras, con los detalles. Me abrazo a la euforia contenida, como el que quiere compartir una buena noticia con alguien que ya no está. A veces me siento en estado latente, hirviendo por dentro, como un Vesubio o un Etna. Observando con calma cada pequeño cambio, cada pequeño gesto, así, sosegada, con las ganas guardadas, el fuego interno, que puede que estalle por los aires en cualquier momento. Mi cabeza nunca descansa, siempre hay nuevas ilusiones, algunas más viables que otras, y yo me lanzo hacia las oportunidades como el que se lanza al mar al ver el barco en llamas. No importa cual sea el precio, el valor no tiene medida, ni cuenta, ni número. Las ideas están o no están, los medios, a veces escasos. Pero, ¿y si no lo haces? ¿Por qué no hacerlo? Prometí hace mucho tiempo que no dudaría ante los nuevos acontecimientos, que la vida es el ahora, que el mañana es demasiado incierto, que la experiencia es un grado y errar puede ser demasiado duro a veces pero que no intentarlo es el peor peso que nadie puede llevar a sus espaldas, que no hay peor sentimiento que aquel que está frustrado. Que es bonito tener sueños, pero antes de todos ellos, seguro que te encuentras muchas cosas más por el camino y todas ellas quizás te hagan cambiar de sentido unas cuantas veces. Itaca no es la meta, la meta es la vida. Simplemente procuraré que mi viaje sea largo, muy largo. Tanto que me sea imposible enumerar todas las historias que puedan caber. Me distraigo. Y el volcán sigue latente.